2026

¿Dormimos realmente como estamos hechos para dormir? Análisis de las ocho horas de sueño
CIENCIA Y SALUD

¿DORMIMOS REALMENTE
COMO ESTAMOS HECHOS PARA DORMIR?

Un análisis de las ocho horas de sueño a la luz de la evidencia científica

2026 MTRO. JOSÉ MANUEL MERCADO MÁRQUEZ Ciencias

¿Dormimos realmente como estamos hechos para dormir? Un análisis de las ocho horas de sueño a la luz de la evidencia científica

Escrito por: Mtro. José Manuel Mercado Márquez

Acerca del tema

Durante muchos años he escuchado la afirmación de que toda persona debe dormir ocho horas consecutivas para mantenerse sana y descansar adecuadamente. Esta idea se ha convertido en una recomendación ampliamente aceptada y, para muchas personas, en una regla incuestionable. Sin embargo, al revisar investigaciones históricas y científicas sobre el sueño, descubrí que esta creencia es una simplificación de un fenómeno mucho más complejo. La ciencia actual muestra que no existe una única forma “correcta” de dormir y que, antes de la generalización de la iluminación eléctrica, los seres humanos seguían patrones de sueño distintos a los que predominan en la actualidad.

En este ensayo sostengo que la idea de las ocho horas consecutivas de sueño no constituye una ley biológica universal, sino una recomendación general que ha sido influida tanto por la investigación científica como por los cambios sociales e históricos. Para defender esta postura, contrastaré las creencias contemporáneas con las evidencias provenientes de la medicina del sueño y de la historia.

Sobre el caso de estudio

La recomendación de dormir ocho horas suele presentarse como una necesidad fisiológica aplicable a todas las personas. No obstante, las investigaciones realizadas por especialistas en medicina del sueño indican que la mayoría de los adultos requiere entre siete y nueve horas de sueño por cada periodo de veinticuatro horas. Esto significa que ocho horas representan un promedio útil, pero no una obligación exacta. Existen diferencias individuales relacionadas con la edad, la genética, el estado de salud y el estilo de vida que hacen que algunas personas funcionen adecuadamente con siete horas, mientras que otras necesiten acercarse a las nueve.

Además del número de horas, la evidencia científica señala que la calidad del sueño y la regularidad de los horarios son factores tan importantes como la duración. Una persona que duerme ocho horas pero presenta múltiples despertares o un descanso de mala calidad puede sentirse más fatigada que otra que duerme un poco menos, pero con un sueño profundo y continuo. Desde esta perspectiva, la creencia popular de que únicamente ocho horas consecutivas garantizan un buen descanso resulta insuficiente para explicar el funcionamiento real del organismo humano.

Otro aspecto que cuestiona esta idea proviene de la historia. El historiador Roger Ekirch documentó cientos de referencias en diarios personales, registros judiciales, textos médicos y obras literarias que describen un patrón conocido como “primer sueño” y “segundo sueño”. De acuerdo con estas fuentes, durante varios siglos era común que las personas durmieran un primer periodo nocturno, permanecieran despiertas entre una y dos horas y posteriormente regresaran a dormir hasta el amanecer. Durante ese intervalo de vigilia podían conversar, rezar, leer, realizar tareas domésticas sencillas o mantener relaciones familiares, sin considerar que este comportamiento representara un trastorno del sueño.

Estos hallazgos sugieren que el sueño continuo de ocho horas no siempre fue el patrón predominante en las sociedades humanas. Más bien, parece haber sido una práctica que se consolidó con el desarrollo de la vida urbana, la industrialización y, sobre todo, con la expansión de la iluminación artificial. La posibilidad de extender las actividades durante la noche modificó progresivamente los horarios laborales, escolares y sociales, favoreciendo un único periodo largo de sueño para adaptarse a las exigencias de la vida moderna.

Las investigaciones experimentales también respaldan esta interpretación histórica. El psiquiatra Thomas Wehr realizó un estudio en el que expuso a un grupo de participantes a noches prolongadas de oscuridad durante varias semanas, reproduciendo condiciones similares a las que existían antes de la iluminación eléctrica. Después de un periodo de adaptación, muchos de los participantes comenzaron espontáneamente a dormir en dos bloques separados por un intervalo de vigilia tranquila. Este resultado demuestra que el organismo humano conserva la capacidad de adoptar un patrón bifásico cuando desaparecen algunos de los estímulos característicos del estilo de vida moderno.

Sin embargo, sería incorrecto concluir que todas las personas deberían volver a dormir en dos periodos. La evidencia científica no sostiene esa afirmación. Más bien, indica que el ser humano posee una notable flexibilidad para organizar su descanso. Algunas personas descansan mejor con un solo periodo nocturno, mientras que otras obtienen buenos resultados combinando un sueño nocturno más corto con una siesta durante el día. Lo verdaderamente importante es alcanzar la cantidad de sueño necesaria para cada individuo y mantener un descanso de calidad que permita un adecuado funcionamiento físico y mental.

En mi opinión, este tema ilustra cómo ciertas creencias populares pueden simplificar en exceso fenómenos biológicos complejos. La idea de que existe una única forma correcta de dormir probablemente responde tanto a necesidades sociales como laborales, más que a una regla estrictamente biológica. Comprender que el sueño humano ha cambiado a lo largo de la historia permite adoptar una visión más flexible y basada en la evidencia, evitando generar preocupación innecesaria en quienes no se ajustan exactamente al modelo de las ocho horas continuas.

Consideraciones finales

La evidencia científica e histórica permite concluir que no está comprobado que todos los seres humanos deban dormir exactamente ocho horas consecutivas para descansar adecuadamente. La recomendación aceptada por la comunidad científica establece un rango de siete a nueve horas para la mayoría de los adultos y reconoce la existencia de importantes diferencias individuales.

Asimismo, los estudios históricos muestran que antes de la iluminación eléctrica era frecuente un patrón de sueño bifásico, mientras que las investigaciones experimentales demuestran que este comportamiento puede surgir de manera espontánea bajo determinadas condiciones ambientales. Estos hallazgos no implican que el sueño dividido sea superior al sueño continuo, sino que ambos pueden formar parte de la diversidad natural del comportamiento humano.

En consecuencia, considero que la creencia de las ocho horas consecutivas debe entenderse como una orientación general y no como una regla absoluta. Más que perseguir un número exacto de horas o un único patrón de descanso, resulta más razonable valorar la calidad del sueño, la regularidad de los horarios y el bienestar que este proporciona. Adoptar una perspectiva basada en la evidencia permite comprender mejor nuestras necesidades biológicas y cuestionar ideas que, aunque ampliamente difundidas, no siempre reflejan toda la complejidad del conocimiento científico.

Referencias:
• American Academy of Sleep Medicine. (2022). Healthy sleep habits. https://sleepeducation.org
• Ekirch, R. A. (2005). At Day’s Close: Night in Times Past. W. W. Norton & Company.
• Wehr, T. A. (1992). In short photoperiods, human sleep is biphasic. Journal of Sleep Research, 1(2), 103–107. https://doi.org/10.1111/j.1365-2869.1992.tb00019.x

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